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lunes, 11 de julio de 2011

Los latidos se aceleran sin remedio

Mis labios no pueden más que saborear los tuyos, inaugurando este vals que preludiaban los suspiros. Los míos, los tuyos, los nuestros. Me inclino, retando a la oscuridad mientras intento encontrarte, tumbada en esta cama desgastada de tanta miseria. Mis manos no desisten, saben que estás aquí. Conmigo. Te encuentro, pero te vas, intentando esconderte de mí. Los latidos se aceleran sin remedio.

Sin embargo, la luz del amanecer se abre paso entre mis párpados. Noto el sudor que recorre mi cara y escuece en los ojos, llenos de malestar ante este nuevo despertar. Mis manos, que aprendieron a no darse cuenta de nada, continúan en esta búsqueda incansable de ti. Lástima que ya no estés, y que en su lugar sólo encuentre el tacto frío de una botella derramada sobre la alfombra y a alguien que no sé quién es, en mi propia cama. Contigo te llevaste todo el orden de mi vida, convirtiendo en un caos cada crepúsculo, transformando la calma en una tempestad. El día que te fuiste dejé de ser yo. Me transformé en una especie de monstruo que se fuma sus sentimientos y se emborracha con sus sueños, dependiente de ti, pero sin ti. Drogada hasta la médula de todo cuanto encuentro a mi paso. Añorando tus abrazos, los únicos que me ayudaban a quererme, a sentirme alguien y viva. Llorando por aquel billete que tomaste únicamente de ida. Por el portazo de la puerta tras tus pasos, y alegría que huía contigo. 

No. Esto no puede seguir así. No quiero volver a despertar de este modo.

martes, 29 de marzo de 2011

Ebrias palabras de amor

Aún mi cuerpo recuerda ese aliento desgarrando mi espalda sudorosa mientras rogaba hasta la saciedad por que parara. No recuerdo, explícitamente, como habíamos llegado a esa situación, dolorosa y rumiante de cariños. Sólo logro rememorar nuestros primeros encuentros a escondidas, saltándonos las vallas que vedaban nuestro amor; aquellas palabras que saboreaba hasta que terminaban por deshacerse entre mis labios, palabras que reclamaban confianza y pasión. No sé cómo llegué a amar esos primeros gritos, discusiones, y algún que otro plato roto, fruto de la ira desbocada. Comencé a asustarme por aquellos arrebatos que, aunque esporádicos, provocaban mi angustia incesante cuando nos encontrábamos a menos de cinco centímetros. Pero aprendí a conformarme con las migajas que saciaban mi sed de él. Migajas que cada vez disminuían, que incluso desaparecían. El primerizo odio fue dejando paso al desprecio, al asco.

Mi amor vuelve a consumirse en esta habitación, hoy lejos de él. Amé sus voces celosas por mí, sus bofetadas en mitad de la noche que decía eran necesarias, mi reclusión entre cuatro paredes malditas y deseando que en su vuelta no trajera una botella de ron bajo el brazo y una sonrisa desbocada, ansiosa de una pasión obligada que estaba destinada a ofrecerle. El esmalte rojo, aquel que animaba a mi sonrisa salir de su guarida, se desgastaba como nuestro cariño. Me creía princesa, hasta que aparecía por la puerta; quería salir volando de allí, abrir las ventanas y saltar con mi amor a cuestas. Dejarlo atrás, pero algo me amarraba a ese horrible piso. Él.

Pobre idiota que confió en esas ebrias palabras de amor.